La cobardia útil
Habían aprendido el idioma correcto. Decían convivencia, respeto, tolerancia como quien repite una oración sin creer en ningún dios. Todo parecía en calma hasta que el miedo carraspeó. No gritó. No amenazó. Solo dejó caer una frase breve, afilada como un recuerdo antiguo, y los cuerpos entendieron antes que las conciencias. Las espaldas se curvaron. Las bocas se llenaron de cautela. Lo justo empezó a parecer peligroso y la cobardía se rebautizó como sensatez. Nadie los obligó. Ellos solos aprendieron el arte de desaparecer sin irse, de asentir sin pensar, de sabotear en voz baja para no ser señalados. Yo observé desde el margen, ese lugar incómodo donde no llegan las órdenes ni el aplauso. No fui héroe. Solo fui incapaz de domesticar mi dignidad, de volverme pequeño cuando el miedo exigía obediencia. Y entendí, por fin, que no todos traicionan por maldad: muchos lo hacen, porque nunca aprendieron a sostenerse de pie cuando el mundo les pide que se arrodill...
