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La continuación del hambriento y delicado

  Este bosque elegante de bestias educadas, los lobos usan corbata para ocultar dentelladas. Dan sermones eternos sobre el bien y el honor, mientras vuelven a casa oliendo a miedo y sudor. Qué civilizados todos. Qué refinado el horror. Y mírame aquí, el zorro maldito el error poético, el pecado exquisito. Con los ojos clavados en un pobre cordero como quien mira el cielo sabiendo que jamás podrá tocarlo entero. Porque no era hambre solamente. Eso habría sido simple. Los animales simples sobreviven mejor. No. Lo mío fue peor: yo lo amé. Lo amé de esa forma ridícula y violenta en la que uno quiere devorar y proteger al mismo tiempo. Como el invierno ama las rosas: deseando cubrirlas de hielo mientras intenta desesperadamente no matarlas. Él hablaba, y el bosque desaparecía. Tenía esa risa pequeña que hacía parecer menos miserable la vida. Y yo, pobre imbécil, aprendí a memorizar las sombras, las pausas, la forma distraída en que inclinaba la cabeza cuando el mundo parecía demasiado g...

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