La continuación del hambriento y delicado

 

Este bosque elegante de bestias educadas, los lobos usan corbata para ocultar dentelladas.

Dan sermones eternos sobre el bien y el honor,

mientras vuelven a casa oliendo a miedo y sudor.


Qué civilizados todos.

Qué refinado el horror.


Y mírame aquí,

el zorro maldito

el error poético, el pecado exquisito.

Con los ojos clavados en un pobre cordero

como quien mira el cielo

sabiendo que jamás podrá tocarlo entero.


Porque no era hambre solamente.

Eso habría sido simple.

Los animales simples sobreviven mejor.


No.

Lo mío fue peor:

yo lo amé.


Lo amé de esa forma ridícula y violenta

en la que uno quiere devorar y proteger al mismo tiempo.

Como el invierno ama las rosas:

deseando cubrirlas de hielo

mientras intenta desesperadamente no matarlas.


Él hablaba,

y el bosque desaparecía.

Tenía esa risa pequeña

que hacía parecer menos miserable la vida.

Y yo, pobre imbécil,

aprendí a memorizar las sombras,

las pausas,

la forma distraída en que inclinaba la cabeza

cuando el mundo parecía demasiado grande.


A veces dormía cerca de mí.


Tan tranquilo.

Tan absurdamente confiado.


Y ahí estaba yo,

con el cuerpo convertido en jaula,

conteniendo los colmillos

como un condenado elegante.


Porque claro que quería tocarlo.

Claro que quería hundirme en él

como un incendio en mitad del invierno.

Besarlo hasta olvidar mi nombre,

quitarle esa inocencia insoportable a mordiscos lentos,

hacerlo mío

aunque solo fuese durante una noche suicida.


Pero amarle significaba no hacerlo.


Qué ironía tan miserable.


El bosque pensaba que yo era peligroso

por lo que deseaba.

Cuando la verdadera tragedia

era todo lo que fui capaz de sacrificar por él.


Nadie aplaude la abstinencia del monstruo.

Solo esperan que el monstruo exista.


Y yo existía.

Vaya si existía.


Cada vez que rozaba mi brazo sin querer,

cada vez que sonreía demasiado cerca,

cada vez que pronunciaba mi nombre

como si no supiera el efecto devastador que tenía en mi cuerpo.


Dios.


Había noches en las que quería comérmelo entero.

No de carne.

Eso sería demasiado vulgar para un sentimiento así.


Quería devorar su tristeza,

sus dudas,

sus silencios.

Dormir dentro de su pecho

como un animal cansado de huir del mundo.


Pero el amor, a veces,

es una forma preciosa de hambre contenida.


Así que seguí sonriendo,

educado, distante, impecable,

mientras por dentro me convertía lentamente

en un bosque ardiendo.


Y qué poema tan cruel resultó ser mi vida:


ser el zorro,

amar al cordero,

y pasar cada noche

demostrándole al mundo

que incluso los colmillos

pueden temblar de ternura.


AUTOR: ESONTA

CORRECCIÓN: EQUIPO DE TRAB AJO LORDE

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